Psicología para todos

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Académicos de la carrera de psicologíade Cetys

De edad y protagonismo

12 Febrero 2018

Por: Gustavo Morelos Padilla Gallegos

El envejecimiento de la población es, por un lado, evidencia de éxitos acumulativos de la civilización o, dicho de otra manera, de que algunas cosas buenas están ocurriendo en la sociedad y, por otro lado, son una fuente de muchos miedos, por decirlo de alguna manera, en todos los niveles de la sociedad. Ejemplos de lo primero incluyen el significativo decremento en las tasas de mortalidad infantil y el constante incremento de la esperanza de vida, así como la transición de las principales causas de muerte de las enfermedades infecciosas hacia las enfermedades crónicas que, por lo general, son manejables, es decir, se puede vivir con ellas. Entre las causas de ese escenario se encuentra la mejora de condiciones de salubridad y calidad del agua, así como el desarrollo de tecnologías médicas, en el sentido amplio.

No obstante genera, al mismo tiempo, preocupaciones y miedos en todos los niveles de la sociedad: en el más amplio precipita la necesidad de políticas sociales y de salud pública; en comunidades y familias produce inquietudes y tensión sobre cómo proporcionar el apoyo que necesitan las personas adultas mayores; y en el individual produce angustia y miedos frente a posibilidad o realidad de propios deterioros cognitivos o funcionales.

Entre las consideraciones positivas y negativas hay una realidad incuestionable: que las personas están envejeciendo en todas partes del mundo. También es real que se están realizando acciones para hacerle frente a esa realidad y generar una sensación de preparación. Y muchas de esas acciones tienen resultados que podríamos considerar positivos. Programas asistenciales, casas de retiro, centros de día, ahorros familiares, programas de prevención de enfermedades, cambios de hábitos. Inclusive el desarrollo de tecnologías para retardar el envejecimiento.

Pero, bien decimos, mirar es depositarse. La manera de observar la realidad también le da forma a esa realidad. Y quizá hace falta reconocer que detrás de nuestras acciones podría haber una conceptualización de un envejecimiento homogéneo equiparado a la carga social y a la discapacidad. Pero si las categorías no se construyen solas sino a través de miradas, tendríamos que dar cuenta que la categoría “tercera edad” se construyó en otro contexto social e histórico, pero seguimos utilizándola como si la realidad fuera estática y nada hubiera cambiado para las maneras de envejecer en el siglo XXI. El envejecimiento de nuestros padres no es el mismo que el de nuestros abuelos, y el nuestro tampoco será el mismo que el de nuestros padres.

Lo que queda entre paréntesis es reconocer que, en términos amplios, volverse viejo no es sinónimo de perder intención, propósito, ciudadanía. Que, en el devenir de la edad, la vejez puede también ser una etapa de la vida marcada por sus propios aspectos del desarrollo humano. Con algunas pérdidas, sí, pero que las pérdidas no son exclusivas de la vejez ni se empiezan a tener el día que alguien festeja su cumpleaños número 65.

Y lo que ese paréntesis trae consigo es un compromiso por dibujar y realizar estrategias que estén contextualizadas social y culturalmente para nuestros escenarios. Incluir, por supuesto, en ese desarrollo, la voz misma de las personas adultas mayores. Porque no son solamente personas que contribuyen valor en la sociedad, ni tampoco son solamente protagonistas de su propio rango etario, sino (si algo tenemos que aprender de las proyecciones demográficas) son protagonistas de la sociedad del futuro.

*Sobre el autor: Es Coordinador de la Maestría en Gerontología Social y Académico de la Escuela de Psicología en Campus Tijuana.

 

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